Viaje al Aconcagua
Este viaje al Aconcagua es producto de un
sueño que nació hace casi 30 años atrás, mientras estaba en la escuela.
En esos días me enteré que había una montaña casi tan alta como el Everest,
pero que estaba en nuestro propio continente. En ese momento decidí que algún
día iría a subir esa montaña, sin pensar en todo lo que involucraría llegar
a ese momento.
Aconcagua es la montaña más alta de toda América, del hemisferio occidental, es
la montaña más alta del mundo fuera de Asia, y es la montaña #2 en la lista de las 7
cumbres (las cumbres de cada continente).
Aconcagua es un cerro lleno de
superlativos y finalmente parecía estar dentro de nuestro alcance. A principio del
2004 le sugerí a mi hermano Rogelio que subiéramos el Aconcagua, y el prontamente
acepto. Ninguno de los dos tenía mucha experiencia con expediciones de alta montaña,
pero los dos tenemos más de 20 años de estar haciendo nuestras propias expediciones.
Comenzamos a planear nuestro viaje con dos años de anticipación, pero al final
lo adelantamos y resultó que solo hicimos unos seis meses de preparación.
Escogimos hacer la Ruta Normal para ascender a la cima de Aconcagua, que es la que siguen 80% de los andinistas. Las otras dos grandes rutas son más técnicas y remotas, agregando grados de dificultad que no necesitábamos para nuestra primera aventura de alta montaña. La Ruta Normal ofrece todos los retos propios de las grandes alturas, pero no requiere de destrezas técnicas muy especializadas. Muchas personas caracterizan el ascenso del Aconcagua por la Ruta Normal como una gran caminata. También decidimos subir la montaña sin contratrar un servicio de guías que haría muy caro el viaje.
Bueno,después de ir hasta Mendoza para buscar
el permiso de entrada al Parque Provincial Aconcagua, entramos el 26 de
febrero a la montaña. Al entrar al parque nos dieron a cada uno una bolsa numerada
para guardar toda la basura que producieramos durante nuestra estadía en la montaña.
Un par de horas más tarde estaríamos llegando a Confluencia (3,300 metros),
el primer campamento en el ascenso a la montaña. Todo el camino estaremos al lado
del Río Horcones hasta llegar a Plaza de Mulas.
Confluencia recibe su nombre de la confluencia del Río Horcones Inferior con el Río Horcones propio, y es el punto de despacho para Plaza de Mulas y Plaza Francia. Plaza Francia es el campamento base para ascender al Aconcagua por la cara sur, la más difícil de ascender. Confluencia cuenta con todas las amenidades propias de un campamento base y es un lugar muy usado para aclimatarse. Nosotros solo pasamos una noche aqui, pero la mayoría de la gente intercala una caminata a Plaza Francia para gastar tiempo a esta altura. Al día siguiente pagaríamos por nuestro apuro...
El domingo, en cuanto llegó el sol al campamento, terminamos de empacar e
iniciamos nuestra travesía a Plaza de Mulas. Este tramo es el más largo en el
acercamiento al campamento base principal: es un tramo de 26 kilómetros a lo largo
del Río Horcones. Es, básicamente, un pedreguero con un riachuelo por el medio.
Según los letreros del parque, esta caminata dura 8 horas. Nosotros, a la mitad
del camino, nos encontramos con los efectos de la altura antes de poder completar
este recorrido. El mal de altura nos obligó a pasar la noche en un lugar que se
llama Refugio Ibañez, como a 4 horas antes de Plaza de mulas.
Después de una larga noche de reposo amanecimos de lo más frescos y listos para
continuar nuestra travesía hacía Plaza de Mulas. A partir de Refugio Ibañez el
camino comienza a trepar con mayor pendiente hasta llegar a la "Cuesta Brava", la
última subida antes de llegar a Plaza de Mulas actual. Justo antes de esta subida
se observan las ruinas de Plaza de Mulas anterior, destruido por una gran roca que
se desprendió de las laderas de la montaña. Desde entonces movieron el campamento
más arriba, a donde estaría más protegido.
La cumbre del Aconcagua está visible desde un par de lugares en el recorrido hacia
Plaza de Mulas, pero luego se pierde de vista. Durante todo el recorrido hacia Plaza
de Mulas uno se encuentra flanqueado por altos cerros de laderas empinadas. Aun
cuando las vistas son hermosas, no son nada en comparación con la masiva vista de la
ladera noroeste del Aconcagua. Además, al llegar a Plaza de Mulas ya uno se encuentra
a la altura de las morenas de un par de glaciares que descienden de los cerros aledaños.
Casi todos los picos que rodean el campamento base están cubiertos de nieve. De
todos estos picos, El Cuerno es el más distintivo con su clara forma piramidal.
Al llegar a Plaza de Mulas la altura se hizo sentir prontamente: como a la hora comenzo Rogelio a sentir nauseas, y luego un dolor de cabeza pulsante de tumbó a mi. Estos efectos eran de esperarse y achacan a la mayoría de los andinistas que ascienden rápidamente a las alturas. Afortunadamente el reposo y la buena hidratación (como 4 litros de agua al día) ayudan a aclimatarse. Al día siguiente ya nos sentíamos mucho mejor, aunque todavía jadeabamos con cada paso que dábamos. Era difícil creer que encontraríamos fuerza para subir aún más alto. Pero este día estaba destinado a que lo pasáramos en reposo, arreglando nuestras mochilas para el primer acarreo de altura al día siguiente. Por suerte el cuerpo humano es resistente y rápidamente se ajusta a las demandas de la altura produciendo más glóbulos rojos.
Ya al amanecer del tercer día en Plaza de Mulas nos sentíamos mucho mejor. Nuestro
pulso amaneció mucho más cerca del ritmo normal al nivel del mar. Ya no parecíamos
los conejos del día anterior con las pulsaciones cerca de los 100 latidos por minuto
¡en reposo! Este día haríamos un acarreo a Plaza Canada, a 4,900 métros. Sólo
íbamos a subir con comida, combustible, y equipo de alta montaña que dejaríamos arriba.
Para ayudar a aclimatarnos, y para facilitar el ascenso, cada tramo de la montaña se
haría en dos jornadas: subimos con equipo y abastos al próximo campamento y bajamos
vacíos; al día siguiente completamos el ascenso con el resto de los pertrechos.
Los días, desde nuestra posición, eran espectaculares: un cielo azul profundo
era el trasfondo ideal para todos los cerros
que nos rodeaban. Pero, la cumbre se veía cubierta por una nube conocida como "El
Hongo" del Aconcagua. Esto indicaba que las condiciones arriba de la cima eran
tortuosas y no apropiadas para hacer cumbre. Estábamos convencidos que a nosotros
nos tocaría mejor clima cuando llegara nuestro turno de ir por la cumbre. Mientras,
nosotros nos dedicaríamos a ascender la montaña de acuerdo a nuestro plan, con calma
y buena letra.
Nuestro primer acarreo fue todo un éxito. Realmente me emocionó ver como Plaza
de Mulas iba quedando cada vez más y más pequeña con cada paso que dábamos. Al cabo
de varias horas estábamos tan alto como todos los cerros que rodeaban Plaza de Mulas,
con la excepción de la cumbre que parecía seguir tan lejos como cuando comenzamos.
El Cuerno se veía tan cerca que casi parecía que podría tocarlo si estiraba mi mano
en su dirección. Al final bajamos desde Plaza Canadá como si esquiaramos sobre las
piedras - las horas de ascenso fueron minutos de descenso.
Al día siguiente, temprano, empacamos todo lo que nos quedaba y subimos hasta Plaza
Canada. Habíamos iniciado nuestro ascenso y no regresaríamos a Plaza de Mulas hasta
cumplir con nuestro objetivo, o fallar en el intento. A partir de este día tendríamos
que pasar horas cada día derritiendo nieve para obtener agua. Teníamos que subir
hasta los neveros y recoger bolsas de nieve para derretir. Necesitábamos derretir
el contenido de una bolsa de basura mediana llena de nieve para obtener el par de
galones que necesitábamos cada día. Tomábamos mucho té para hidratarnos y mantenernos
calientes una vez que bajaba el sol.
Nuestro primer atardecer de altura fué un espectáculo sin igual. Todas las montañas
se fueron encendiendo como si ardieran, y luego se fue atenuando su color hasta
quedar envueltas en sombras. Cada ascenso nos desbalanceaba un poco y hacía difícil
conciliar el sueño. Las pulsaciones se aceleraban y la respiración requería de
esfuerzo consciente. Las noches las pasábamos en un estaba de desvelo parcial.
Pero, al día siguiente nos despertábamos bien descansados. Eventualmente el cansancio
nos llevaba al sueño y podíamos dormir hasta tarde. Aunque la luz llegaba temprano,
el sol no nos iluminaba hasta casi las 10:00 am. Como los días eran largos, no era
hasta tarde que iniciábamos nuestros acarreos, o nuestras mudanzas. Antes hacía
mucho frío.
Todos los días pasábamos horas en nuestra tolda, o alrededor de ella. Por suerte
es muy divertido pasar el tiempo con mi hermano, quien es muy amena compañía. Son
contadas las personas con quienes estaría dispuesto a pasar un par de semanas en una
tolda pequeña. La división de labores la hacíamos casi que sin pensarlo: todos los
días requerían de diligencia para llevar a cabo todas las pequeñas tareas necesarias
para hacer la vida al aire libre. Todos los días tenían su rutina: preparar el
desayuno, empacar todo, caminar y caminar, almorzar en el camino, llegar, armar
campamento nuevamente, derretir nieve, preparar la cena, descansar y dormir. Al
día siguiente lo haríamos todo nuevamente.
Desde Plaza Canadá hicimos nuestro porteo a Nido de Cóndores y regresamos a dormir
al campamento, siguiendo nuestra estrategia de dobleo acarreos. Cada ascenso
requería de mayor paciencia entre paso y paso. Cada vez era más difícil recuperarse
de esfuerzos que nos llevaban a niveles anaeróbicos. Y era fácil entrar en deuda
de oxígeno con el cuerpo: unos cuantos pasos acelerados y de repente estábamos
cortos de aire. Nido de Cóndores está a 5,380 métros y es el último campamento que
cuenta con un guardaparque. Este guardaparque está acompañado de un policía que
es parte de la patrulla de rescate. Hasta aquí sube el helicóptero del parque, que
todos los días hacía múltiples viajes visitando los diferentes puestos de guardaparques.
Desde Nido de Cóndores la cumbre ya se veía más asequible. Ya se veía claramente
la canaleta, la última pendiente antes de acceder al filo que llega a la cumbre del
cerro. Desde Nido teníamos que ascender al campamento Berlin, último refugio donde
se pernocta antes de llegar a la cumbre. Desde Berlin, la cumbre se alcanza en una
jornada de ocho horas. En el camino a la cumbre se pasa por un último refugio,
Independencia, que se usa para emergencias cuando se dificulta el descenso desde
la cumbre, o cuando el mal tiempo impide al andinista moverse de lugar. Como ya
era el final de la temporada, el guardaparques nos dijo que dejáramos nuestra tolda
en Nido y que nos quedáramos en el refugio de Berlin.
El Refugio de Berlin que a 5,930 métros de altura. Es una pequeña estructura de
madera que se construyo en Alemania y luego se subió, tramo por tramo, hasta su
lugar actual. La cumbre del Aconcagua está a 6,962 métros, que desde Berlin hace
un desnivel de 1,032 metros hasta la cumbre. Ese tramo sería el ascenso más grande
que haríamos en un sólo día, y sería el más alto. Era el momento de comenzar a
batallar con nuestras dudas. Por suerte, el clima parecía que nos acompañaría al
día siguiente. Nuestro plan era ascender a Berlin listos para acometer a la cima
al día siguiente.
El día que subimos a Berlin amaneció despejado, pero unas nubes en el oeste se
veían venir. Poco después de llegar al refugio nos alcanzaron las nubes que se
veían en el horizonte. A partir de ese momento el clima se fué deteriorando hasta
tornarse en una tormenta con vientos arriba de 80 kilómetros por hora.
El pequeño refugio de Berlin traqueaba cuando lo golpeaban las ráfagas de viento. Adentro
del refugio habíamos 12 personas que compartimos las 72 horas más apretadas de mi
vida.
Afuera la temperatura amanecía en -20° centígrados, y adentro del
refugio todos amanecíamos cubiertos en escarcha. Para el tercer día el tiempo
mejoró lo suficiente como para intentar bajar de vuelta a Nido de Cóndores. De
los doce que estábamos en el refugio, siete bajamos esa mañana. Para nosotros,
ese sería el punto más alto que alcanzaríamos en el Aconcagua. Esa cima tendrá
que espararnos un rato más antes que pongamos nuestros pies sobre ella.
Cuando regresamos a Nido de Cóndores, nuestra tolda estaba toda retorcida, pero
todavía estaba donde la habíamos dejado. Unos americanos que llegaron a Nido tras
nuestra partida le pusieron unas piedras a la tolda cuando parecía que el viento
se la iba a llevar. El paisaje había cambiado por completo: toda era un manto
blanco y todavía parecía que seguiría nevando. Armamos nuestra tolda y comenzamos
a derretir nieve - habíamos bebido muy poco líquido en los últimos tres días por
lo complicado de conseguir nieve para derretir en el asinado refugio. También
habíamos comido muy poco: sólo habíamos llevado comida para un par de días, y
regresamos con comida de allá arriba.
Después de comer un buen almuerzo empacamos todo lo que habíamos subido hasta
Nido de Cóndores. Fue extenuante bajar toda esa carga desde Nido hasta Plaza
de Mulas. En un solo día descendimos de 5,930 métros hasta 4,300 métros. Y
esto lo hicimos con unas cuatro pulgadas de nieve en el piso. En las canaletas
se acumulaban varios piés de nieve. Este descenso no fue tan divertido como los
descensos que hicimos después de los acarreos, cuando bajábamos sin nada de carga.
Al día siguiente amaneció totalmente despejado pero muy, muy frío. Me costó mucho
mantener mis manos calientes. Pero me fue mucho mejor que a un alemán que subió con
nosotros: a el se le congelaron los dedos, tenía las llemas de los dedos grises y
le dolían mucho.
El último día pasé mucho frío mientras empacabamos para dejar la montaña. Hechamos
la mayoría de nuestra carga sobre una mulas y nos quedamos sólo con unas cuantas cosas
para hacer amena la caminata de salida del parque. Teníamos un largo día por delante
y cubriríamos mas de 35 kilómetros antes de salir del parque. En un largo día
cubrimos lo que nos tomó tres días ascender.
Los dos estábamos apurados por llegar
a una regadera para ducharnos con agua caliente. Hacía doce días que no nos bañábamos
y ya nos hacía falta salir de las ropas que por tantos días llevamos puesta. Subimos
con bastante ropa, pero básicamente eran muchas capas que nos iríamos poniendo a medida
que la temperatura iba bajando, pero siempre con la misma capa base. Nos tomó siete
horas cubrir la distancia hasta la entrada del parque y la cubrimos casi sin parar.
Tal era el apuro que teníamos por regresar a la civilización. También queríamos una
cerveza fría...
Esa cerveza nos la tomamos en Puente del Inca con el alemán que subió con nosotros a Berlín,
y tres checos que también estában en el cerro a la vez que nosotros. A los checos el viento y
el frío en la cumbre les impedió llegar a la cima. El alemán y los checos ya habían
intentado subir al Aconcagua anteriormente y tampoco habían logrado llegar a la
cumbre. Nosotros también tendremos que esperar otra oportunidad para ver si la
montaña nos trata mejor en el próximo intento. Para ser nuestra primera vez, nos
fue muy, muy bien: llevamos la ropa apropiada, nos fue bien con la comida, y solo
se nos quedó por fuera el chocolate caliente para las noches frías. Quizás con el
chocolate no hubiéramos perdido tanto peso...